sábado, 11 de julio de 2015

Dos poemas de John Ashbery





LA VIDA COMO UN LIBRO CUYA LECTURA ALGUIEN HA ABANDONADO

Hemos borrado todas las letras
y la afirmación permanece todavía vagamente
como una inscripción a la puerta de un banco
en la que figurasen números romanos difíciles de descifrar
y que dicen tal vez demasiado, a su manera.

¿No queríamos ser surrealistas? ¿Y por qué
te analizaron los forasteros del bar el pelo
y las uñas, como si el cuerpo no fuese
a buscar y hallar la postura más cómoda,
y tu cabeza, esa cosa tan rara,
a volverse más problemática cada vez que cerraban la
   puerta?

Nos hemos hablado el uno al otro,
hemos tratado cada tema sólo hasta un determinado punto,
pero en el orden adecuado, de manera que es música,
o algo muy próximo a la música, que nos habla desde lejos.
Sólo tenemos una porción de saber,
y más ambición de la que hace falta
para darle forma de una fruta hecha de nube
que nos protegerá mientras no marche.

Pero su jugo es amargo,
no hay en nuestros jardines nada parecido,
y tú deberías acceder al conocimiento
con este descuidado sarcasmo, para que allí te dijeran,
por una vez, que allí no era.
Sólo se quedan el humo,
y el silencio, y la vejez
que hemos aprendido a concebir de algún modo
como un paisaje, y la paz que rompe los récords
y el canto del país, un gozo
que será y que no nos conoce. 





POSE DE DESASOSIEGO

Ahora todo parece mugre.
Hay una película de polvo sobre la mañana limpia
de un paisaje otoñal, que se agrava
donde se está tensando,
donde no todo tiene dos pies que lo sostengan.

Se vuelve cada vez más simplista:
bien y mal, malo y bueno; ¿qué otra cosa sabemos?
Sabores que nos evitan prolongar nuestros afectos.

Pero estaba aquella línea de pensamiento
que le dejaba a uno satisfecho: cómo iba uno a bajarse
de aquí reptando, para ojalá
llegar a un arenal perfectamente llano
y al mismo nivel que el agua.

Y todo volvería a parecer nuevo y usado.
De repente, un grito, un grito convincente.
Aparece gente en pareja, en tríos, y
no es eso solamente.

Pero por todos ustedes, a quienes
he abandonado, a quienes he ignorado,
dejando que se cocinaran en su propio caldo,
para quienes no he sido el amigo que se acerca,
pido perdón, una canción nueva como la lluvia.
Por favor, cántenmela. 












De Galeones de Abril, trad. Esteban Pujals Gesalí.

domingo, 5 de julio de 2015

Theodor Adorno. Doce fragmentos de "Tras el espejo":






1-. Primera medida precautoria del escritor: observar en cada texto, en cada pasaje, en cada párrafo si el motivo central aparece suficientemente claro. El que quiere expresar algo se halla tan embargado por el motivo que se deja llevar sin reflexionar sobre él. Se está con el pensamiento demasiado cerca de la intención y se olvida decir lo que se quiere decir.


2-. Ninguna corrección es tan pequeña o baladí como para no realizarla. Entre cien cambios, cada uno aisladamente podrá parecer pueril o pedante, pero juntos pueden determinar un nuevo nivel del texto.


3-. Nunca se ha de ser mezquino con las tachaduras. La extensión es indiferente, y el temor de que lo escrito no sea bastante, pueril. Por eso nada debe tenerse por valioso por el hecho de estar ahí escrito sobre el papel. 

4-. Cuando muchas frases parecen variaciones de la misma idea, a menudo simplemente significan diferentes tentativas de plasmar algo de lo que el autor aún no es dueño. En cuyo caso debe elegirse la mejor formulación y con ella seguir trabajando. Una de las técnicas del escritor es saber renunciar incluso a ideas fecundas cuando la construcción lo requiere, y a cuya fuerza y plenitud precisamente contribuyen las ideas suprimidas. Igual que en la mesa no se debe comer hasta el último bocado ni beber la copa hasta el fondo. Sería sospechoso de pobreza.


5-. El fárrago no es ningún bosque sagrado. Siempre es un deber eliminar las dificultades, que sólo surgen de la comodidad de la autocomprensión. No basta distinguir sin más entre la voluntad de escribir en forma densa y adecuada a la profundidad del objeto: la insistencia desconfiada siempre es saludable. 


6-. Escepticismo ante la objeción predilecta de que un texto o una expresión son “demasiado bellos”. El respeto por el tema, y aun por el sufrimiento, con frecuencia no hace más que racionalizar el rencor contra aquel a quien le resulta insoportable encontrar en la forma cosificada del lenguaje la huella de lo que los hombres padecen, la huella de la indignidad.


7-. El  escritor no puede aceptar la distinción entre expresión bella y expresión exacta. Ni debe creerla en el receloso crítico ni tolerarla en sí mismo. Si consigue decir lo que piensa, en ello hay ya belleza.


8-. Los textos decorosamente elaborados son como las telarañas: consistentes, concéntricos, transparentes, bien trabados y bien fijados. Capturan todo cuanto por ahí vuela. Las metáforas que fugitivamente pasan por ellos se convierten en nutritiva presa. Hacia ellos acuden todos los materiales. 


9-.Cuando el pensamiento ha abierto un compartimiento de la realidad, debe penetrar sin violencia del sujeto en el contiguo. Su relación con el objeto se confirma en cuanto otros objetos van cristalizando en torno suyo. Con la luz que enfoca hacia su objeto particular empiezan a brillar otros más.


10-. El escritor se organiza en su texto como lo hace en su propia casa. Igual que con sus papeles, libros, lápices, carpetas, que lleva de un cuarto a otro produciendo cierto desorden, de ese mismo modo se conduce con sus pensamientos. Para él vienen a ser muebles donde se acomoda, a gusto o a disgusto.  Los acaricia con delicadeza, se sirve de ellos, los revuelve, los cambia de sitio, los deshace. 


11-. Quien ya no tiene ninguna patria, halla en el escribir su lugar de residencia. Y en él inevitablemente produce, como en su tiempo la familia, desechos y amontonamientos. Pero ya no dispone de desván y le es sobremanera difícil desprenderse de la escoria. De modo que al tener que estar quitándosela de delante corre el riesgo de acabar llenando sus páginas de ella.


12-. La obligación de resistir a la compasión de sí mismo incluye la exigencia técnica de hacer frente con extrema alerta al relajamiento de la tensión intelectual y de eliminar todo cuanto tiende a fijarse como una costra en el trabajo, todo cuanto discurre en el vacío y todo lo que quizá en un estadio anterior se desarrollaba, creándola, en la cálida atmósfera de una charla, pero que ahora queda atrás como algo mustio e insípido. Al final el escritor no podrá ya ni habitar en sus escritos. 



 Theodor Adorno, Minima Moralia, ed. Akal, trad. Joaquín Chamorro Mielke.

lunes, 1 de junio de 2015

Cinco poemas de Yves Bonnefoy




I

Se trata de este objeto: cabeza de caballo más grande de lo natural donde se incrusta toda una ciudad, sus calles y sus murallas corriendo entre los ojos, adaptando el meandro y el alargamiento del hocico. Un hombre supo construir de madera y cartón esta ciudad, e iluminarla oblicuamente con una luna verdadera, se trata de este objeto: la cabeza en cera de una mujer girando desmelenada sobre el plato de un fonógrafo.


Todas cosas de aquí, país del mimbre, del vestido, de la piedra, es decir: país del agua sobre los mimbres y las piedras, país de los vestidos manchados. Esa risa cubierta de sangre, se los digo, traficantes de eternidad, rostros simétricos, ausencia de mirada, pesa más gravemente en la cabeza del hombre que las perfectas Ideas, que no saben sino decolorarse sobre su boca. 

IX

Le decimos: cava ese poco de tierra blanda, su cabeza,
hasta que tus dientes encuentren una piedra. 
   Sensible sólo a la modulación, al pasaje, al temblor del equilibrio, a la presencia afirmada en su estallido en todas partes ya, él busca la frescura de la muerte invasora, él triunfa fácilmente sobre una eternidad juventud
y sobre una perfección sin ardor.

Alrededor de esta piedra el tiempo bulle. Por haber tocado esta piedra:
las lámparas del mundo giran, el alumbrado secreto circula.

De Anti-Platón (1947)

VIII

La música absurda comienza en las manos, en las rodillas, después la cabeza cruje, la música se afirma bajo los labios, su certidumbre penetra en la vertiente subterránea del rostro.
            Ahora se dislocan las marqueterías faciales. Ahora se procede a extirpar la mirada.



XIII

Tu rostro esta noche iluminado por la tierra,
Pero veo que tus ojos se corrompen
Y la palabra rostro no tiene más sentido.

El mar interior iluminado por águilas que giran,
Esto es una imagen.
Te retengo fría a una profundidad donde no fraguan las
                 imágenes. 



XIX


El primer día de frío nuestra mente se evade
Como un prisionero huye en el ozono mayor,
Pero Douve de un instante esa flecha recae
Y quiebra contra el suelo las palmas de su cráneo.
Así habíamos creído reencarnar nuestros gestos,
Pero negada la mente bebemos un agua fría,
Y festones de muerte empavesan tu sonrisa,
Abertura intentada en la densidad del mundo.

De Del movimiento y la inmovilidad de Douve  (1953)

Tomados de la antología: Tarea de esperanza: antología poética.

Traducción: Arturo Carrera.

Editorial Pre-Textos.

lunes, 20 de abril de 2015

Novalis: "Heinrich von Ofterdingen" (fragmento)





De diferente manera sucede con personas tranquilas y desconocidas cuya tarea es la observación, cuya vida es un silencioso reflejo de sus propias fuerzas internas. Ninguna falta de calma logra dispararlos hacia lo externo. Cualquier pequeño patrimonio los satisface, y el inmenso espectáculo a su alrededor no les resulta provocador, sino más bien lo suficientemente significativo y maravilloso como para dedicar su musa a su contemplación. El ansia por el espíritu propio los mantiene alejados. Ese mismo deseo los define como el misterioso rol del ánimo en este mundo humano, y representa, al mismo tiempo, los miembros y sentidos externos, así como las últimas fuerzas del mismo individuo.

Grandes y múltiples sucesos los molestarían. Una vida sencilla es su suerte, y sólo cuentan con los ricos contenidos de historias y escritos e innumerables fenómenos para darse a conocer en el mundo. Sólo raras veces a lo largo de sus vidas puede un acontecimiento jalarlos al centro de un violento torbellino y mantenerlos ahí por un tiempo, de tal manera que puedan, a través de algunas vivencias, conocer la posición y el carácter de los humanos activos. Por el contrario, sus penetrantes sentidos se mantienen ocupados por visiones insignificantes que les hacen apreciar un mundo rejuvenecido, y no dan un sólo paso sin hacer descubrimientos sorprendentes dentro de sí mismos acerca del Ser y sus significados.

Son los poetas, estos extraños seres humanos, quienes en ocasiones se pasean por nuestras residencias y renuevan dondequiera el venerable y viejo oficio de la humanidad, de sus primeros dioses, así como de los astros, la primavera, el amor, la fortuna, la fertilidad, la salud y la alegría. Aquellos que, incluso aquí y sin haber sido impulsados por una avidez insensata, poseen la serenidad divina, solamente respiran el aroma de los frutos terrestres[...] Son visitantes libres cuya pisada dorada es sigilosa, cuyo presente automáticamente despliega las alas de todos los demás.


Traducción de Montserrat Zamora.


viernes, 17 de abril de 2015

José Joaquín Blanco: "Mercados sobre ruedas" (fragmento)






La vida está en las aceras y no tanto en los automóviles; es mayor la proporción de vehículos colectivos y la gente en las calles se ve más homogénea; entre las cinco y las siete los trabajadores corren con los morrales y mochilitas deportivos, las tortas en bolsas de papel, a las esquinas de parada, rodean como en feria los puestos de periódicos –que para ellos, tienen un sistema diferente, casi mercaderil de exhibición: desparraman en el suelo periódicos deportivos y amarillistas, fotonovelas de sexo, amor y muerte, en alterones que se esfuman de inmediato. En las esquinas de parada hay efímeros mercados a esas horas: atoleros, jugueros, torteros, tamaleros y esa genial, reciente invención capitalina de los tacos de canasta con garrafones de salsa verde, que el vendedor prefiere despachar en el mostrador de su propia bicicleta. 

En las esquinas, largas filas silenciosas; hombres de ojos arenosos y desmañanados que atisban impacientemente la aparición lejana de los  camiones y peseros; no conversan entre sí, se solidarizan en gestos soñolientos y ateridos; de pronto alguien lanza diestramente un gargajo que atina en la base de un poste. 












José Joaquín Blanco, Función de medianoche, ed.ERA.